Existen distintos tipos de estímulos que van llenado la mente de pensamientos, alegrías o preocupaciones. Los podemos dividir en:

  • Las impresiones sensoriales

Son todo aquello que percibes con los sentidos: lo que ves, hueles, tocas, oyes… pero también todo aquello que lees o la información que recibes. Nos pasamos el día consumiendo estímulos que, ¿necesitamos de verdad?

En ocasiones lo haces por inercia o costumbre. Otras, simplemente por no estar contigo mismo, porque no sabes como gestionar aquello que tienes dentro. Y sin darte cuenta, todos lo estímulos externos que vas recibiendo se van incorporando en ti,  los interiorizas como una parte más.

“Eres lo que sientes y percibes”. Por esto es tan importante mantener la conciencia plena en tus actos. Recibe todos los estímulos con intención, sin desconectarte de ti y de tu respiración. Sólo así percibirás la intensidad real de lo sientes.

  • La conciencia
    • La conciencia individual corresponde a todos los pensamientos que tienes en la mente. Y aunque no hay pensamientos buenos o malos, sólo pensamientos, su naturaleza pueden afectar a tu estado de ánimo. Por ejemplo, si te sientes sentimos enfadado y te quedas anclado ahí, esa sensación de enfado, ira o desolación se irá haciendo cada vez mayor. Si, por el contrario tus pensamientos giran alrededor de la compasión, la felicidad o el amor, tu mente se irá calmando y tu estado de ánimo también.
    • La conciencia colectiva está relacionada con todo aquello que te rodea. Qué información lees, a qué juegas, con qué tipo de personas de rodeas. Los estímulos o sensaciones que te rodean acaban incorporándose en ti. ¿No te ha pasado que, cuando estás al lado de alguien que siempre está enfadado o criticando, te acabas identificando con ese enfado? Si, por el contrario estás con alguien que transmite energía y felicidad, ese positivismo acaba formando parte de ti. Podríamos decir que la conciencia colectiva “es contagiosa”
  • La motivación principal, la intención, es lo que da sentido a nuestras vidas. Y aunque parece algo evidente, la mayoría de las personas no saben qué contestar cuando se les pregunta cuál es su motivación principal. Muchas veces actuamos “porque es lo que hay que hacer” o por inercia pero sin tener clara nuestra intención real. La consecuencia es que acabamos yendo a la deriva. Para conocer tu propósito real debes escucharte desde la calma, desde el silencio, con total conciencia de ello. Sólo así podrás saber cual es tu intención real, sin influencias externas.

 

Silencio1

PENSAR SIN PARAR

“Escucharte desde el silencio” decía unas líneas más arriba. ¿Y esto cómo se hace? Porque la realidad es que los pensamientos no paran. Sin darte cuenta, por tu mente pasan muchos pensamientos a lo largo del día, el diálogo interior con ellos es incesante: preocupaciones, recuerdos, temas pendientes por hacer, cosas que has olvidado, cosas que anhelas… y todos estos pensamientos te impiden percibir y sentir lo que está pasando a tu alrededor, 𝐚𝐡𝐨𝐫𝐚. ¿Cuántas veces has ido a hacer un recado y al llegar al destino has pensado «¿𝘗𝘰𝘳 𝘥ó𝘯𝘥𝘦 𝘩𝘦 𝘷𝘦𝘯𝘪𝘥𝘰?»

Tenemos una conversación tan agitada con nuestra mente que no somos consciente de lo que estamos haciendo. Nos empeñamos en recordar el pasado – qué salió mal, por qué tal situación no fue como esperaba, qué feliz era – o en imaginar un futuro – cosas que deseas, anhelos… – que nos olvidamos de vivir el presente. Y cuando llega ese futuro que te habías imaginado, vuelves a estar reviviendo el pasado e imaginando un nuevo futuro. Estamos tan desconectados de nuestra esencia que no nos damos cuenta que hoy es lo que cuenta, es lo único que tenemos. El pasado ya se fue y el futuro no está en nuestras manos.

𝐓𝐞 𝐩𝐫𝐨𝐩𝐨𝐧𝐠𝐨 𝐚𝐥𝐠𝐨: Hoy, al sentarte a la mesa, sólo come. No enciendas la TV, no mires el móvil, no te distraigas con otros estímulos. Sólo come. ¡Verás qué diferente es la experiencia!

Y en eso consiste la 𝐜𝐨𝐧𝐜𝐢𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐩𝐥𝐞𝐧𝐚. En hacer algo concreto y hacer sólo eso, siendo muy consciente de lo que pasa a tu alrededor en ese momento.

Si comes, sólo come. Si bebes, sólo bebe. Si caminas por el bosque intenta caminar siendo consciente de ello, admirando el paisaje, sintiendo los olores que se desprenden de los árboles, notando el suelo en tus pies al pisar. Si consigues centrar tu atención en lo que estás haciendo, tus pensamientos no te llevarán de un lado para otro y podrás experimentar el presente de una forma muy distinta.

Ten en cuenta que centrar la atención no significa “no pensar” ni dejar la mente en blanco. Los pensamientos no paran. Simplemente debes decidir cuales quieres que crezcan, que se desarrollen, y cuáles no. Es lo que el budismo llama “la práctica de la diligencia”.

La práctica de la diligencia es una práctica muy sencilla y compleja a la vez. Consiste en traer la plena conciencia a la mente, recuperar la atención, cada vez que veamos que se está apoderando de nosotros un pensamiento malicioso como la ira o el odio. La plena conciencia permitirá reconocer, aceptar y calmar ese pensamiento negativo para que puedas observar esa negatividad y entender su origen.

Tus ideas y pensamientos son una continuación tuya” decía Thich Nhat Hanh. Y es que cuando tienes pensamientos negativos, de algún modo transmites esa energía hacia el exterior creando situaciones de conflicto o tensión. Tus pensamientos pueden hacerte sufrir y hacer sufrir a los demás, de ahí la importancia de encontrar tu espacio silencioso dentro de ti.  Escuchar tu silencio interior te permitirá conocerte mejor, entenderás mejor tus emociones y sentimientos.

Si, es cierto. Practicar la plena conciencia, recuperar tu atención y unir cuerpo y mente es difícil. Pero no más difícil que llegar a dominar cualquier deporte. Sólo requiere práctica. Y esa práctica te llevará a recuperar la capacidad de estar presente, de aprender a simplemente ser, de vivir el aquí y el ahora, a disfrutar de del momento. Porque sólo tienes hoy, ahora, es el único momento en que las cosas son reales y están a tu alcance.